Campos de concentración: Francia asume su más oscura memoria en la historia del siglo XX

16/Oct/2015

El País (España), Por Carlos Yárnoz

Campos de concentración: Francia asume su más oscura memoria en la historia del siglo XX

En Rivesaltes, a 30 kilómetros de la frontera oriental con
España, ha dormido durante 70 años un vergonzante capítulo de la historia de
Francia y Europa. En un páramo barrido por la Tramontana, aún son visibles los
esqueletos de decenas de barracones y letrinas. Es el Campo de Concentración de
Rivesaltes, el más grande de los construidos en Occidente. De 1939 a 2013, aquí
malvivieron más de 60.000 “indeseables”. Los primeros, refugiados españoles.
Luego, judíos, gitanos, alemanes, colaboracionistas y harkis argelinos. Los
últimos, migrantes irregulares. Este viernes, el primer ministro, Manuel Valls,
inaugura en el lugar un Memorial.
Hora de asumir la historia.
Datos del barracón para «indeseables»
Longitud: 30 metros.
Anchura: 6 metros.
Altura: 5 metros.
Puertas: una de entrada y tres en los laterales.
Ventanas: en la parte alta de cada barracón.
Tabiques: de ladrillo y bloques de cemento de baja calidad.
Vigas de la estructura: de madera.
Organización: 80 a 100 barracones en cada una de nueve
partes del campo.
Letrinas comunes: En grupos de diez en diez. A un metro de
altura. Con un agujero en el suelo.
La Cataluña francesa, en el Languedoc-Rosellón, fue en 1939
el refugio del medio millón de españoles de La Retirada, el éxodo que todo el
mundo conoce en la región, pero no en España. Uno de ellos era el comandante
Victoriano Gómez Díaz, de Torrejón el Rubio (Cáceres). Entró en julio de 1940
en el campo de 600 hectáreas de Rivesaltes en el que terminarían levantándose
650 barracones.
“Dormía en un camastro con mucha humedad. Había piojos, sarna…
Comían poco y mal. Pasaban mucho frío. Los guardianes, muchos de ellos
marroquíes, les daban palizas”. Lo cuenta su hija, Rosy Gómez, que hoy vive en
Argelés-sur-Mer, al lado de la enorme playa en la que hacinaron a los españoles
antes de enviarlos a otros campos.
Gómez preside la asociación Hijos e hijas de republicanos
españoles y niños exiliados y organiza todos los años La Marcha de La Retirada
para recorrer caminos que usaron los republicanos españoles en su entrada a
Francia por los Pirineos. A sus 63 años, aún se emociona cuando enseña sobre el
terreno por enésima vez tumbas, monolitos, fotos de la época. “Este anillo de
hueso de animal, con las siglas V.G., lo hizo mi padre en Rivesaltes”.
Uno de los pocos supervivientes españoles que pasó por el
Campo es Gilbert Susagna, de 80 años, que vive en Perpiñán. Lo encerraron con
su madre en Rivesaltes en 1941. “Solo tenía cinco años. Como era un niño, no
tengo recuerdos siniestros”. Vino de Almenar (Lleida). Su padre, comunista, era
alguacil del pueblo. Perdió un pulmón en la batalla de Madrid y huyó a Francia
en el 39. “Los judíos y los gitanos las pasaban muy negras, me contaba mi
madre. Yo, como niño, no tanto, pero me marcó toda mi vida”. Este viernes
estará en el Memorial.
Casi la mitad de los 20.000 españoles que pasaron por
Rivesaltes fueron enviados a los campos de la muerte nazis. Murieron el 65%.
También perdieron la vida 2.300 de los 7.000 judíos deportados de allí. “A mi
padre lo enviaron a Mauthausen en 1941 y, en el último momento, una mano amiga
lo apartó cuando ya lo metían en el tren”, narra Rosy Gómez.
En el campo, diseñado y gestionado por autoridades
francesas, fueron recluidos después soldados alemanes presos tras la II Guerra
Mundial, colaboracionistas y, a partir de 1960, harkis argelinos, las milicias
que se unieron a los franceses contra de los partidarios de la liberación de
Argelia. Para cerrar el círculo de la ignominia, en los ochenta, los noventa y
hasta 2007, ahí se enviaba a los migrantes irregulares. Hasta 2013 permanecieron
en un centro cercano.
El paseo entre barracones y letrinas estremece. Cada nave
tiene 30 metros de largo, seis de ancho y cinco de alto. Las endebles paredes y
portezuelas no protegían a los hacinados refugiados ni del helador viento en
invierno frío ni del asfixiante calor en verano. “Era terrible. Las
enfermedades, el frío… El viento, el viento…, me repiten supervivientes con los
que he hablado. Los niños volaban”, dice durante un paseo entre los barracones
el presidente del Comité Científico del Memorial, Denis Peschanski. Su padre
luchó como brigadista en Albacete en la guerra civil y fue internado en campos
franceses.
Los intentos de destruir las pruebas de este agujero negro
han sido numerosos. En 1998, se encontraron en un basurero miles de archivos
del campo. Gobierno y autoridades locales decidieron derribar las barracas. Lo
impidieron las asociaciones civiles, los hijos de exiliados españoles y la
sensibilidad de algunos altos cargos regionales.
Uno de los que se movilizó fue el alcalde socialista de
Argelés, Pierre Aylagas, hijo de un agricultor republicano español encerrado en
varios campos, entre ellos Rivesaltes. “He trabajado por este memorial porque
recuerda los valores que yo defiendo”, dice en su despacho.
El Memorial, obra del reconocido arquitecto Rudy Ricciotti,
es un enorme edificio de cemento sin ventanas, enterrado bajo el suelo, para no
restar protagonismo a los barracones circundantes. Es un símbolo del encierro
forzado. En su interior, en 4.000 metros cuadrados, una gran sala con fotos,
vídeos, mapas, un auditorio y un gran espacio pedagógico para alumnos y
profesores.
Rosy Gómez, presidenta de la asociación de Hijos e hijas de
republicanos españoles y niños exilados. / C. Y.
“Simboliza una etapa poco gloriosa de Francia, pero se
reconoce por fin”, dice por teléfono Geneviève Dreyfus-Armand, prestigiosa
historiadora del exilio. “Estaría bien que España reconociera también sus
pasados negros. Un pueblo sin memoria no puede construir una verdadera
democracia. No se puede confundir a víctimas y verdugos”.